No te escribo para que vuelvas. Te escribo para soltar lo que cargué por los dos Conocerte un sábado frío de abril, entre recuadros tenues de un museo, luces bajas y cálidas. Verte recorrer un pasillo buscando a un completo desconocido mientras la noche ya se hacía presente. Reconociste mi nombre. Tu fragancia fresca y vibrante se volvió un imán, cautivaste mi mirada desde ese primer instante. En ese momento algo en mí perdió su razón. Palabras que antes eran simples textos, sin sentido ni emoción, cobraron vida en ese primer mirar. Ese lugar tenue se transformó en segundos: colores vibrantes, llamativos, casi exagerados, como las emociones que surgieron al comprender que algo real estaba ocurriendo. La charla con café, desnudarnos al hablar, conocer tus miedos, tus verdades, tus locuras… Ahí entendí cómo se transmutan las letras cuando dejan de ser solo palabras. Perdimos la noción del tiempo entre risas disimuladas. Aún escondías verdades, emociones que apenas asomaban, pero intu...
Solo son ocurrencias escritas, plasmadas en un diario roto