¿Cuál fue la primera historia de amor que viste?...
Muchas de las primeras historias de amor que uno conoce son las del “fueron felices para siempre”. De esas que yo veía cuando era niño, sentado por horas, mirando cómo ese amor siempre vence al villano, a ese que intenta que, al final de toda la batalla, no se reúnan. Pero ese amor es tan fuerte que el destino, marcado por guiones perfeccionistas, termina juntándolos y sellándolo todo con un final feliz.
Al menos esos eran los cuentos que yo veía. De ahí aprendí a esperar mi propio felices para siempre. Fuera de los dibujos animados y las caricaturas, también estaban las novelas profundas, donde, a pesar del orgullo, los amores se reencuentran después de abrir los ojos y entender que aún no es tarde para ese final feliz. Otra vez, los grandes autores nos llevan a retroceder el tiempo, al arrepentimiento del primer rechazo, para volver a encaminar la historia hacia un felices para siempre.
O como Romeo y Julieta, que nos muestra un final trágico, donde el amor no sobrevive, pero aun así parece un por siempre, a pesar de todo. Entonces aparece la pregunta: ¿Qué pasa después del felices para siempre? ¿Existió realmente ese “por siempre”, o es solo un final que cierra un capítulo?
Para entender las historias de amor, hay que vivirlas. Y entonces surge otra pregunta: ¿Cuántas historias de amor hay que vivir?, o si esas no son historias, sino simples capítulos que construyen en el imaginario un amor con felices para siempre. También lo pensé así. En la brevedad de mi vida, avanzar, enamorarme y no tener un amor definitivo me hizo creer que ese amor es, en realidad, el por siempre, solo que con distintos episodios y personajes.
El amor es algo difícil de comprender. Muchas veces te preguntan qué es el amor, y uno responde desde las historias reales, no desde definiciones. Amar cabe en muchas palabras y terminologías, pero ni el diccionario ni un profesional podrían explicar por completo la forma en que alguien ama.
Para mí, amar, dentro de mi idea de felices para siempre, se parece al ciclo de la vida: nacer, crecer, reproducirse y morir, como ese esquema que enseñan en el colegio cuando aprendes biología. A ese ciclo yo le agrego algo más: soltar. Porque la vida es un proceso, y el amor también lo es.
El amor nace en la entrega. No solo de sentimientos, cuerpo y mente, sino en una entrega que va más allá del alma. Si alguna vez te enamoraste de verdad, sabes lo que significa entregar. En ese nacimiento das todo de ti para que el amor crezca, se desarrolle y llegue a solidificarse como algo seguro, algo que nadie pueda romper. Pero el amor no crece en calma absoluta. Debe crecer incluso en el caos para aprender a resistir. No es un solo villano con máscara, son muchos, que aparecen en distintos momentos y pueden romperte o frenar tu crecimiento. Aun así, si el amor supo nacer con principios firmes, resistirá y solo tendrá fisuras leves tras tantas caídas.
Luego viene lo que llamamos reproducirse, aunque no lo veo como en la biología. Es cuando el amor empieza a desarrollarse de una persona en la otra. Es preguntarte cuánto has crecido para ayudar a crecer al otro, y cuánto el otro te ayuda a crecer a ti. Es un efecto espejo: mirarte y verte más grande, porque ese es el verdadero desarrollo que buscas. Y cuando eso ocurre, el amor se fortalece.
Después está la muerte, esa etapa de la que nadie quiere hablar. Pero ahí aparece la gran prueba. Se dice que el amor trasciende, que va más allá del cuerpo y del tiempo. Que incluso cuando el espacio físico termina, el amor permanece en otro nivel. No sé si realmente sea así. Nunca terminé de comprenderlo. Tal vez por eso me aferro a las historias y a los guiones perfectos que prometen que, en algún lugar, los amores eternos siguen existiendo.
Muchos de los amores que tuve murieron en el camino. Imagino que en el ciclo algo falló. No hablo necesariamente de una falla provocada, sino de fisuras que nunca sanaron y que terminaron en rupturas irreparables. Y ahí surge la duda: ¿eso también es una forma de muerte?
Por eso, al ciclo del amor le agrego el soltar como un camino alternativo a la muerte. Porque cuando el amor muere, toca soltar, no aferrarse. Lo intentaste todo, intentaste evitar su final, pero aun así no hubo un felices para siempre.
Soltar no es fácil. Tampoco es siempre una etapa final. A veces se suelta al inicio, a veces en el crecimiento, a veces después de haberlo intentado hasta el desgaste. Soltar es una puerta de emergencia, y también es un acto de amor. Pero hay que ser sabio para saber cuándo usarla.
Es una decisión de la que pocas veces hay retorno. Una vez que sales, no siempre puedes volver. Y si se puede volver, no lo sé. Aún no lo intenté. Las veces que salí, no regresé. No porque no quisiera, sino porque quizá eso también forma parte de mi final feliz, uno que incluye un episodio más.

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