No te escribo para que vuelvas.
Te escribo para soltar lo que cargué por los dos
Conocerte un sábado frío de
abril, entre recuadros tenues de un museo, luces bajas y cálidas. Verte
recorrer un pasillo buscando a un completo desconocido mientras la noche ya se
hacía presente. Reconociste mi nombre. Tu fragancia fresca y vibrante se volvió
un imán, cautivaste mi mirada desde ese primer instante.
En ese momento algo en mí
perdió su razón. Palabras que antes eran
simples textos, sin sentido ni emoción, cobraron vida en ese primer mirar. Ese
lugar tenue se transformó en segundos: colores vibrantes, llamativos, casi
exagerados, como las emociones que surgieron al comprender que algo real estaba
ocurriendo. La charla con café, desnudarnos al hablar, conocer tus miedos, tus
verdades, tus locuras… Ahí entendí cómo se transmutan las letras cuando dejan
de ser solo palabras.
Perdimos la noción del tiempo
entre risas disimuladas. Aún escondías verdades, emociones que apenas asomaban,
pero intuía que estaba descubriendo solo la primera capa. Salimos desconectados
de lo que acababa de suceder. Me siento raro. Esa conversación no era como
otras. Las citas dan miedo, pero ¿miedo a qué? Tal vez a que la emoción no
fuera recíproca, a que todo fuera solo una ilusión del instante.
Caminamos por calles
desconocidas mientras el frío se hacía más presente. Atento a cada gesto tuyo,
sentí la necesidad de protegerte. Un simple movimiento, una chaqueta verde, y
algo se encendió: el calor intentando alcanzar un corazón que parecía acostumbrado
al frío.
Sentados en la noche, mientras
las gotas intentaban borrar la felicidad efímera del momento. Sin pensamientos
de más, solo buscando abrigo. Tu vanidad, tu forma de cuidarte, no hicieron más
que cautivar. Eras diferente. Conquistabas de forma sutil, entre risas, con un
gesto tierno y calculado. Yo me aferré a la ilusión, aun con temor.
Amanecer a tu lado por primera
vez fue extraño. Intranquilo, pero pacífico. Cálido y distante. Una unión
breve, intensa, un paso adelantado que ya cargaba marcas de lo efímero.
Pero algo no terminaba de
encajar. El silencio apareció. Ese silencio que inquieta, que conecta miradas
donde conviven tu locura, tu ternura y mi intensidad. Y sin darme cuenta, me
fui acercando más.
Terminé enamorándome. Tal vez
rápido, tal vez irreal. Fue intenso, marcado por una paz que con el tiempo se
vio devorada por ansiedades e inseguridades. Cultivadas por ambos. Por la prisa
de sostenernos, por el miedo a perder, por confundir presencia con amor. Aun
así, fue un amor sin arrepentimientos. Prematuro, sí, pero digno de ser
contado.
Despertar a tu lado se volvió
rutina, comenzar el día con miradas profundas, luchando por mantenernos, por no
desaparecer, por reencontrar ese primer instante en que te conocí. Me resigné a
perder la paz que alguna vez construimos juntos. En un imaginario, construimos
un futuro. Nos admiramos en el otro. Soñamos anhelos compartidos.
Hay cosas que callé y nunca
dije. Te amé con intensidad desde el primer día, desde mi primera acción
impulsiva, desde aquella cena romántica con un desconocido que apenas llevaba
una semana en mi vida. Esa intensidad fue mi peor aliada. Destruyó lo que soñé
construir hasta el final. Dicen que el amor no siempre es recíproco, y quiero
creerlo. Recibir lo que das también es parte del amor.
Te amé. Y, aun así, todo lo
que viví contigo fue real: felicidad, alegría, tristeza, enojo, celos e
inseguridad. Amar es eso, sentirlo todo con alguien y no rendirse. Aunque
también amar debería ser paz.
Gracias. Entendí que amar no
siempre es quedarse. Amar también es dejar ir. Me duele, pero no quiero que el
amor se transforme en rencor. Antes de irme, quiero volver a mirarte como la
persona que conocí. Siempre esperaré lo mejor para ti. Te admiro por tu
fortaleza, por esa parte tuya que pocos ven, ese niño que solo quiere sentirse
amado.
Te amé. Te amo. Te amaré.
Pero en ese amor, te dejo ir.
Nos dejamos. Ambos lo dimos
todo. No hay arrepentimientos. Te amé con una intensidad tan mía que, en ella,
nos perdimos.
Hoy necesitamos volver al amor
propio antes de perdernos del todo. La costumbre nos consumió y el amor se
desdibujó. Pasamos de ser instantes a sentirnos eternos. No fue efímero, porque
vivirás en mí de otra forma latiendo más débil.
Gracias por esa mañana, por
esa tarde, por esa noche. Por decir sí. Por pasar del “te quiero” al “te amo”.
En los errores aprendimos,
pero también nos desgastamos. Hoy no somos quienes éramos. Tal vez estamos
buscándonos, desde una admiración distante.
Hoy soy yo quien toma la
decisión. El amor también es dolor. Un dolor que, con el tiempo, se transforma
en crecimiento. Creo en el destino. El destino nos encontró y hoy me enseña a
despedirme, quizá para reencontrarnos en algún momento.
No sé en qué momento leas
esto, tal vez sea en tu silencio.
Solo deseo que no derrames
lágrimas; ya fueron suficientes.
Espero que seas feliz. Que
encuentres amor en ti, en los tuyos, o en alguien que pueda sostenerlo.
Yo creceré. Amo con intensidad
y no quiero consumirme en ella.
Me voy con el corazón roto.
Sí, se rompió.
Pero también con la certeza de
haber amado de verdad.
Hoy te digo: adiós.
Y, en silencio, te amo.

Comentarios
Publicar un comentario